viernes, 27 de enero de 2012

Conversación contemporánea con José Martí

“Cuba no tiene por qué temer: tiene hijos que sólo la abandonarían cuando cierren los ojos”

Al adentrarnos en la historia, quiérase o no, se interactúa, se intercambia, se dialoga, se pregunta o se responde de las formas variadas en las que cada ser humano tiene capacidades, posibilidades y propósitos para ello. Por tanto, más que intentar asomarnos a la historia como espectadores, se debe penetrar en ella hasta sentirnos como coetáneos activos del tiempo en que se incursiona. Por los caminos de la historia pasada, presente o futura siempre habrán motivos para buscar el encuentro con una respuesta verdadera, un juicio definitivo y una defensa irreductible de lo justo. De esta manera es que he llegado a concebir esta conversación contemporánea con José Martí, fundador del Partido Revolucionario Cubano, líder y jefe de la guerra de independencia de1895, Mayor General, Maestro y Apóstol de nuestra lucha independentista, y Héroe Nacional. Mis preguntas tienen una respuesta cabal y contundente a través de sus ideas. Y son respuestas textuales de ayer, pero válidas y necesarias hoy, y que tal vez en el devenir histórico estarán vigentes siempre
Esta será, por lo tanto, una conversación sui géneris. Así que, queridos lectores, permítanme que les presente esta entrevista imaginaria, pero auténtica y legítima, y que resulta, por eso mismo, tan real, verdadera y contemporánea como si hoy mismo hubiera ocurrido. Y es que con Martí, como con otros grandes hombres de la patria, sucede lo que él vaticinara como realidad posible,: que cuando se cae en la patria del lado del deber y en brazos de la patria agradecida, “empieza, al fin, con el morir, la vida”.
José Martí nació en La Habana el 28 de enero de 1853 y cayó en combate el 19 de mayo de 1895, para mantenerse vivo en el seno de su pueblo. Confirmación de ello fue que al cumplirse el centenario de su nacimiento, y producirse el asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, Fidel Castro afirmó, al producirse su apresamiento, que Martí había sido el autor intelectual de aquella acción armada, y en su alegato de defensa titulado La Historia me Absolverá, se preguntó qué hubiera sido de Cuba si hubiera dejado morir al Apóstol en el año de su centenario.
Es hora, pues, que demos paso al texto de esta entrevista cuyas preguntas están matizadas por el enfoque contemporáneo de su autor, y las respuestas tienen afincadas sus raíces en el pensamiento y las ideas expresadas por José Martí, en diversos momentos de su vida ante los acontecimientos, los sucesos y los avatares de la vida o de la lucha en la época que le tocó vivir, pero en las cuales no pueden faltar los sueños y las proyecciones hacia el futuro
W- Maestro, vivimos hoy como antes tiempos difíciles en los cuales está en juego la existencia misma de la patria. ¿Cómo Ud. interpreta el deber de cada compatriota?
MARTÍ- El deber de un patriota que ve lo verdadero está en ayudar a sus compatriotas, sin soberbia ni ira, a ver la verdad…
…¿Qué deben hacer los verdaderos amantes de la patria…?: Predicar revolución… Estamos aquí para impedir que el enemigo acorrale al abanderado, o caiga en malas manos la bandera:…Aquí somos la vigilancia y el amor, la cordialidad y la centinela, la pasión, razonada por el juicio, de cuanto lleve con decoro el nombre de cubano.
W- Ante la situación que actualmente atraviesa el país, bloqueado criminalmente por la potencia más poderosa de la tierra, y en un mundo en que las fuerzas enemigas internas y externas se confabulan con el propósito de un ajuste de cuentas a la patria por su rebeldía, ¿qué estrategia general Ud. postula?
MARTÍ- A un plan obedece nuestro enemigo: el de enconarnos, dispersarnos, dividirnos, ahogarnos. Por eso obedecemos nosotros a otro plan: enseñarnos, burlarlo, hacer por fin nuestra patria libre. Plan contra plan. Sin plan de resistencia no se puede vencer un plan de ataque.
W- Martí, hay quienes consideran que son tan enormes las dificultades, como otros creían frente a España, que el país no le queda otra alternativa que sucumbir ante el poderío de los Estados Unidos, a pesar de que la Revolución ha demostrado que lo que parecía imposible ha sido posible.
MARTÍ- Quizás crean que falta a Cuba las dotes superiores, con que han de contar los pueblos para aspirar con éxito a su independencia: la constancia, la abnegación y la unión…En nosotros hay masa pública, que conoce y adora la libertad, que la habla y la escribe, que la razona y la acomoda a lo verdadero, que la defenderá con las uñas y con los dientes… ¡Allí estaremos todos, defendiéndola! No hay placer como el de defenderla: el cubano, antes que la libertad, se arranca la vida.
W- Entonces, ¿piensa Ud. que en este asunto el país marcha por buen camino?
MARTÍ- El país va a donde debe… Se calla lo que no es preciso decir… Mucho daño hace en este mundo la cobardía, mucho la indecisión, mucho la política importada… Los pueblos continúan, no retroceden… El cubano sabe que hay un camino al frente, pero no sabe que haya ningún camino atrás… El cubano es indómito… es independiente, moderado y altivo. Es su dueño, y no quiere dueños… A tiempo, y con dignidad, haremos lo que debemos.
W- Maestro, ¿y qué nos puede decir de esos que miran hacia el Norte hechizados por las pompas y el poderío?
MARTÍ- Las malas acciones me entristecen, como si las cometiera yo, y las buenas me dan bríos para pelear… Son algunos los vendidos y muchos los venales, pero de un bufido del honor puede echarse atrás a los que, por hábito de rebaño, o el apetito de las lentejas, se salen de las filas en cuanto oyen el látigo que los convoca, o ven el plato puesto…
Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que les roen el hueso a la patria que los nutre.
W- ¿Cómo Ud. piensa que debe reflexionar cada cubano como parte esencial de nuestro pueblo?
MARTÍ- El pueblo más grande no es aquel en que una riqueza desigual y desenfrenada produce hombres crudos y sórdidos y mujeres venales y egoístas; pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da hombres generosos y mujeres puras. No es rico el pueblo donde hay algunos hombres ricos, sino aquel donde cada uno tiene un poco de riqueza.
En economía política y en buen gobierno, distribuir es hacer venturosos.
La honradez es el vigor en la defensa de lo que se cree, la serenidad ante las exigencias de los equivocados, ante el clamoreo de los soberbios, ante las tormentas que levantan los que entienden mejor su propio provecho que el provecho patrio.
W- Martí, ¿cómo Ud. califica a los Estados Unidos, país vecino cuya política –mala política- ha sido siempre, me refiero a la de sus gobiernos, la de interferir los anhelos independentistas y soberanos de nuestro pueblo, además de pretender asfixiarnos en esta época para apoderarse de Cuba a través de sus vasallos mercenarios de afuera y de adentro?
MARTÍ- Vecino esencialmente hostil y diverso…vecino avieso… desdeñoso vecino… Roma americana.
W- ¿Cuál es su pensamiento sobre esa política de los Estados Unidos, que la concretó de hecho, tal como Ud. temía, después de su muerte, y sobre la política correspondiente de nuestro país?
MARTÍ- Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se les puede evitar… Para todo hay ciegos, y cada empleo tiene en el mundo su hombre… Pueden creer los hombres superficiales, los hombres ilusorios, los hombres imitativos, que un pueblo fuerte y complacido en su primacía, reconocerá paridad a un pueblo mínimo… Y una vez en Cuba los Estados Unidos, ¿quién los sacaría de ella?... Cambiar de dueño, no es ser libre. Yo quiero de veras la independencia de mi patria.
No deduzco de los vítores que sean reconocidos por los Estados Unidos los derechos cubanos: tengo fe en que el martirio se impone, y que lo heroico vence. Ni esperamos su reconocimiento, ni lo necesitamos para vencer… Pero si los gobiernos se hacen egoístas, y los pueblos ricos se apegan a sus riquezas y obran como avaros viejos, la humanidad es en cambio perpetuamente joven. El entusiasmo no ha tenido nunca canas… Podrán los gobiernos desconocernos, los pueblos tendrán siempre que amarnos y admirarnos.
W- Maestro, tal como Ud. temía los norteamericanos entraron aviesa y oportunistamente en la guerra que Ud. organizó. Pero fue posible sacarlos con la fuerza del pueblo encarnada en la Revolución Cubana. ¡No fue fácil! Y aún prosiguen haciéndonos la vida difícil. ¿Algún recuerdo particular que podamos proyectarlo, con sus matices de diferencias, a los tiempos que vivimos?
MARTÍ- De un punto si recuerdo que tratamos más a la larga en nuestra conversación, porque me tenía en aquellos días entre indignado y piadoso, siendo la indignación para con los entendidos, y la piedad para los ignorantes, y fue de los rumores que por entonces corrían en Cuba sobre la anexión de nuestra Patria a los Estados Unidos. Sólo el que desconozca a nuestro país, o éste o las leyes de formación y agrupación de los pueblos puede pensar honradamente en solución semejante, o el que ame a los Estados Unidos más que a Cuba. Pero quien ha vivido en ellos, ensalzado sus glorias legítimas, estudiando sus características, entrando en las raíces de sus problemas, viendo como subordinan a la hacienda su política, confirmando con el estudio de sus antecedentes y estado natural sus tendencias reales, involuntarias o confesas; quien ve que jamás, salvo en lo recóndito de algunas almas generosas, fue Cuba para los Estados Unidos más que posesión apetecible, sin más inconveniente que sus pobladores, que tienen por gente levantisca, floja y desdeñable, quien lee sin vendas lo que en los Estados Unidos se piensa y escribe, quien ama a su patria con aquel cariño que sólo tiene comparación por lo que sujetan cuando prenden y por lo que desgarran cuando se arrancan, a las raíces de los árboles, ése no piensa con complacencia, sino con duelo mortal, en que la anexión pudiera llegar a realizarse, y en que tal vez sea nuestra suerte que un vecino hábil nos deje desangrar a sus umbrales, para poner al cabo, sobre lo que quede de abono para la tierra, sus manos hostiles, sus manos egoístas e irrespetuosas.
He vivido muchos años en los Estados Unidos y he tenido oportunidad de estudiar atentamente y de cerca sus instituciones políticas y su sociedad, he admirado su poder y su riqueza; pero esa admiración no me lleva hasta el servilismo de pensar que el éxito, debido a circunstancias naturales e inevitables, sea originado por superioridad de raza, ni por antecedentes de las instituciones de la época de la colonia.
En Cuba la idea de la anexión…, ha mudado de intento y motivo, y no es hoy más que el deseo de evitar la Revolución. ¿Por qué querer anexarse? ¿Por qué es esta tierra grande, sino por la Revolución? Pero en los días que corren, y en las relaciones de ambas partes, nosotros podremos gozar de los beneficios de la Revolución sin exponernos a sus peligros…
Es la única forma, es la única vía porque podemos llegar tan pronto como nuestras necesidades imperiosas quieren, a la realización de nuestros brillantes y enérgicos destinos.
W- Maestro, ¿cómo Ud. aprecia la esencia de las relaciones de nuestros pueblos en el contexto del continente americano?
MARTÍ- En América hay dos pueblos y no más de dos, de alma muy diversa por los orígenes, antecedentes, y costumbres, y sólo semejantes en la identidad fundamental humana. De un lado está nuestra América, y todos sus pueblos son de naturaleza y de cuna parecida o igual, e igual mezcla, de otra parte está la América que no es nuestra… De nuestra América se sabe menos de lo que urge saber, aún por aquellos que fungen de opinadores… y celebran a los Estados Unidos con tanta pasión como la que ponen en denigrar a los demás pueblos de América, sin conocer de estos ni de aquellos más que la engañosa superficie…
Los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que más se apartan de los Estados Unidos.
El fiel de América está en las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara a negarle el poder –mero pontón de la Roma americana y si libres- y libres de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora– serían en el continente, la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada, y la del honor para la gran república del Norte.
No a mano ligera, sino con conciencia de siglos se ha de componer la vida nueva de las Antillas.
W- Sin embargo, Maestro, hay quienes que, dentro y fuera, manifiestan una especie de idolatría hacia los Estados Unidos y restan méritos a nuestros pueblos.
MARTÍ- ¡Oh, no!: la simpatía no puede estar con la boca del león… La yanquimanía…Esos se han manchado ofreciendo a los Estados Unidos pedazos de la tierra nacional o ayuda contra sus repúblicas hermanas…, esos pretenden entregar sus ruinas a un extranjero ávido y desdeñoso…; esos desertores que piden fusiles en los ejércitos de América del Norte…; esos que dicen y viven: que mi patria piensa unirse al bárbaro extranjero…; a los sietemesinos… los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás… Oligarquía pretenciosa y nula… (con) un amo yanqui o español, que les cree, en premio de oficio de celestinos, la profesión de prohombres, desdeñosos de la masa pujante…
¡Para todo hay en este mundo imbéciles y viles!... De traidores está América cansada, y que sólo le hablan de su muerte fatal y de su ineptitud… Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos…Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos.
W- Maestro, ¿pudiera señalarnos quienes han querido la anexión o quieren el sometimiento y sujeción de nuestro país, mejor sería decir de nuestros países, a los Estados Unidos?
MARTÍ- Es preciso que Cuba sepa quiénes y para qué, quieren la anexión… Esta clase de hombres que favorecen vehementemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos… Todos los tímidos, todos los irresolutos, todos los apegados a la riqueza, tienen tentaciones marcadas a apoyar esta solución…
W- ¿Cómo Ud. enfocaría las tendencias vitales que se desarrollan en el continente?
MARTÍ- Proclamamos, contra lacayos y pedantes, la gloria de los que en la gran labor de América, se van poniendo de quicio y abono para la paz libre y decorosa del continente… Padézcase, carézcase, trabájese; ámese; estúdiese con el valor y la libertad de sí; vélese con los pobres; llórese con los miserables; ódiese, la brutalidad de la riqueza; vívase, en el palacio o la ciudadela, en el salón de la escuela y en sus zaguanes… y así se podrá opinar con asomos de razón, sobre la república autoritaria y codiciosa, y la sensualidad creciente de los Estados Unidos… y es de justicia, y de legítima ciencia social, reconocer que, en relación con las facilidades del uno y los obstáculos del otro, el carácter norteamericano ha descendido desde la independencia, y es hoy menos humano y viril… Demuestran las dos verdades útiles a nuestra América: el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos y la existencia , en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpan a los pueblos hispanoamericanos.. Sé que a esta nación enorme falta honradez y sentimiento.
Jamás hubo en América, de la independencia para acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menor poder. .. De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales, los antecedentes, las causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española su segunda guerra de independencia.
W- Los Estados Unidos, al menos sus gobernantes, pretenden erigirse en los campeones de la democracia y de la defensa de los derechos humanos. ¿Pudiera referirse Ud. a la práctica de esa política en los Estados Unidos, salvando, por supuesto, las distancias entre nuestra época y la suya?
M- Es recia y nauseabunda una campaña presidencial en los Estados Unidos… una vez nombrados en las convenciones los candidatos, el cieno sube hasta los arzones de las sillas. Las barbas blancas de los diarios olvidan el pudor de la vejez. Se vuelcan cuba de lodo sobre las cabezas. Se miente y exagera a sabiendas. Se dan tajos en el vientre y por la espalda. Se creen legítimas todas las infamias. Todo golpe es bueno, con tal de aturdir al enemigo… Las elecciones llegan… se ve aturdir, escamotear, comprar, falsear el voto… Se vive de mayo a noviembre, viendo ruindades, y en disgusto y alarma.
Ayudaban los políticos a los ricos y los ricos a los políticos. Los poderosos del mercado vaciaban sus mejores bolsas para cosechar votos, ganarse empleados, y favorecer ardides en la hora de las elecciones, a trueque de que los electos favorecieran luego con sus votos los planes en que se cifraban mayores esperanzas de fortuna los ricos mercaderes.
W- ¿Y sobre las libertades y la justicia social, Maestro, hoy que como ayer las masas desheredadas manifiestan su indignación y se auto titulan indignados?
M - En los Estados Unidos, como en todas partes, si bien se ve crecer la indignación y el malestar, conforme se ven peligrando los derechos privados y las libertades nacionales, la cólera no se condensa y estalla hasta que el efecto de estos abusos y abandono, lastima el interés o priva a los menesterosos de medio de subsistencia… ¿Qué ha hecho para atajar esos males el senado, donde los millonarios, los grandes terratenientes, los grandes ferrocarrileros, los grandes mineros, componen mayoría, aunque los senadores son electos por las legislaturas, elegidos directamente por el pueblo, que no tiene las minas, ni las tierras, ni los ferrocarriles?
Pero no pueden creer honradamente que el individualismo, la adoración de la riqueza, y el júbilo prolongado de una victoria terrible, estén preparando a los Estados Unidos… -un pueblo que comienza a mirar como privilegio suyo la libertad… y a invocarla para privar a los otros pueblos de ella-…
La libertad ha de ser una práctica constante para que no degenere en una fórmula banal.
W- ¿Cómo Ud. concibe la solidaridad de nuestra América para frenar la avalancha yanqui, que Ud. califica “imperialistas de allá”, con sus formas de anexión, injerencia, dependencia o agresión contra Cuba y los pueblos de nuestra América?
MARTÍ– Confío en los guardianes de la América cordial y verdadera, que sobrepujará al fin a la América ambiciosa… Las mismas obligaciones…de los pueblos…vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por anexión de los imperialistas de allá…el camino que se ha de cegar, con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia…
¿Cuál, cuál será el pueblo de América que se niegue a declarar que es un crimen la ocupación de un pueblo hermano…? …Y uno tras otro, los pueblos de América, votan en pro del proyecto contra la conquista: “sí”, dice cada uno, y cada uno lo dice más alto. Un solo “no” resuena: el no de los Estados Unidos…
W- Maestro, ¿cómo es que Ud. ha podido someter a análisis tantas facetas de la realidad política norteamericana, con su madeja de confusiones ideológicas?
MARTÍ- Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas, y mi honda es la de David.
W- Martí, ¿cómo Ud. vislumbra el futuro?
MARTÍ- …se viene encima, amasado por los trabajadores, un mundo nuevo.
W- Maestro, ¿quisiera darnos su última advertencia, alerta o mensaje?
MARTÍ- Lo que tengo que decir, antes que se me apague la voz y mi corazón cese de latir en este mundo, es que mi patria posee todas las virtudes necesarias para la conquista y el mantenimiento de la libertad.
La libertad cuesta muy cara, y es necesario, o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio… Ningún beneficio se adquiere sin gran costo… Que nadie goce de un beneficio cuyo precio no ha pagado…
Unos hombres piensan en sí más que en sus semejantes, y aborrecen los procedimientos de justicia de que les puedan venir incomodidades o riesgos.
Otros hombres aman a sus semejantes más que a sí propios, a sus hijos más que a la misma vida… y se exponen a la muerte por dar vida a la patria
…Hemos peleado como hombres, algunas veces como gigantes, para ser libres…
Esto es muerte o vida y no cabe errar…; un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba, se levanta para todos los tiempos.
…de nuestras esperanzas, de nuestros métodos, de nuestros compromisos, de nuestros propósitos, de eso, como del plan de las batallas, se habla después de haberlas dado…
Eso es lo que debemos hacer todos juntos, los de mañana y los de ayer, los convencidos de siempre y los que se vayan convenciendo…; juntos, pues, de una vez, para hoy y para el porvenir…
Que todos nos ocupemos, juntos siempre, en conocer lo que tratamos de mejorar, todos juntos. Que la Patria tiene hoy una gran necesidad, y es desertor el que no acuda hoy mismo a ella…
De mi natural inquietud, nada le diré: sepa sólo que mi energía para obrar es tanta como mi prudencia para decidir. Ni me aloco, ni pierdo minuto. Es la revolución lo que tenemos que salvar…
La revolución nos salvará. La revolución puede ser. La revolución crece.
A los que a la par que se oponen a la Revolución, admiran a este pueblo, ¿cómo pudo ser este pueblo lo que es, sino por la Revolución?
Siento que jamás acabarán mis luchas… Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que usted pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura.
¡Cómo me regocijo al volver hacia atrás mis ojos, de no haber concebido un solo pensamiento, ni dicho una sola palabra de intransigencia o de odio, ni siquiera cuando, para encauzar males que no se podían suprimir, para dar forma útil a grandezas adorables, tenía las manos puestas en la guerra!
No hay más medio de vivir después de muerto, haber sido un hombre de todos los tiempos, o un hombre de su tiempo.
Debemos vivir en nuestros tiempos, batallar en ellos, decir lo cierto bravamente, desamar el bienestar impuro y vivir virilmente.
Yo moriré sin dolor, será un rompimiento interior, una caída suave, y una sonrisa… Se ha de vivir y morir abrazado a la verdad. Y así, si se cae, se cae en una hermosa compañía… Triunfaremos.
W. Gracias, Maestro, porque supo vivir abrazado a la libertad y a los sueños de redención de Cuba, de la América nuestra y del mundo, y gracias mil veces por alertarnos y luchar con sus ideas y acciones para que las apetencias del vecino codicioso de apoderarse de Cuba no pudiera materializarse como un destino manifiesto y, al fin, después de un largo camino recorrido, con victorias y reveses, con aciertos y entuertos, pudiéramos lograr la verdadera libertad, la justicia social y la dignidad plena en una patria soberana, independiente y solidaria. Sí, Maestro, hemos triunfado y no le defraudaremos jamás. Este es nuestro homenaje y nuestro juramento.

Vea en Cubadebate el documental “Esencias, La Colmenita en Estados Unidos” (+ Video)

Marcha de las Antorchas ilumina la Isla en honor a José Martí (+ Foto)

Marcha de las Antorchas ilumina la Isla en honor a José Martí (+ Foto)

Tras los pasos del Maestro, Vindicar a Cuba

“VINDICACIÓN DE CUBA” por José Martí
Sr. Director de The Evening Post.
Señor:
Ruego a usted que me permita referirme en sus columnas a la ofensiva crítica de los cubanos publicada en The Manufacturer de Filadelfia, y reproducida con aprobación en su número de ayer.
No es éste el momento de discutir el asunto de la anexión de Cuba. Es probable que ningún cubano que tenga en algo su decoro desee ver su país unido a otro donde los que guían la opinión comparten respecto a él las preocupaciones sólo excusables a la política fanfarrona o la desordenada ignorancia. Ningún cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia su carácter. Hay cubanos que por móviles respetables, por una admiración ardiente al progreso y la libertad, por el presentimiento de sus propias fuerzas en mejores condiciones políticas, por el desdichado desconocimiento de la historia y tendencias de la anexión, desearían ver la Isla ligada a los Estados Unidos. Pero los que han peleado en la guerra, y han aprendido en los destierros; los que han levantado, con el trabajo de las manos y la mente, un hogar virtuoso en el corazón de un pueblo hostil; los que por su mérito reconocido como científicos y comerciantes, como empresarios e ingenieros, como maestros, abogados, artistas, periodistas, oradores y poetas, como hombres de inteligencia viva y actividad poco común, se ven honrados dondequiera que ha habido ocasión para desplegar sus cualidades, y justicia para entenderlos; los que, con sus elementos menos preparados, fundaron una ciudad de trabajadores donde los Estados Unidos no tenían antes más que unas cuantas casuchas en un islote desierto; ésos, más numerosos que los otros, no desean la anexión de Cuba a los Estados Unidos. No la necesitan. Admiran esta nación, la más grande de cuantas erigió jamás la libertad; pero desconfían de los elementos funestos que, como gusanos en la sangre, han comenzado en esta República portentosa su obra de destrucción. Han hecho de los héroes de este país sus propios héroes, y anhelan el éxito definitivo de la Unión Norte-Americana, como la gloria mayor de la humanidad; pero no pueden creer honradamente que el individualismo excesivo, la adoración de la riqueza, y el júbilo prolongado de una victoria terrible, estén preparando a los Estados Unidos para ser la nación típica de la libertad, donde no ha de haber opinión basada en el apetito inmoderado de poder, ni adquisición o triunfos contrarios a la bondad y a la justicia. Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting.
No somos los cubanos ese pueblo de vagabundos míseros o pigmeos inmorales que a The Manufacturer le place describir; ni el país de inútiles verbosos, incapaces de acción, enemigos del trabajo recio, que, junto con los demás pueblos de la América española, suelen pintar viajeros soberbios y escritores. Hemos sufrido impacientes bajo la tiranía; hemos peleado como hombres, y algunas veces como gigantes, para ser libres; estamos atravesando aquel período de reposo turbulento, lleno de gérmenes de revuelta, que sigue naturalmente a un período de acción excesiva y desgraciada; tenemos que batallar como vencidos contra un opresor que nos priva de medios de vivir, y favorece, en la capital hermosa que visita el extranjero, en el interior del país, donde la presa se escapa de su garra, el imperio de una corrupción tal que llegue a envenenarnos en la sangre las fuerzas necesarias para conquistar la libertad. Merecemos en la hora de nuestro infortunio, el respeto de los que no nos ayudaron cuando quisimos sacudirlo.
Pero, porque nuestro gobierno haya permitido sistemáticamente después de la guerra el triunfo de los criminales, la ocupación de la ciudad por la escoria del pueblo, la ostentación de riquezas mal habidas por una miriada de empleados españoles y sus cómplices cubanos, la conversión de la capital en una casa de inmoralidad, donde el filósofo y el héroe viven sin pan junto al magnífico ladrón de la metrópoli; porque el honrado campesino, arruinado por una guerra en apariencia inútil, retorna en silencio al arado que supo a su hora cambiar por el machete; porque millares de desterrados, aprovechando una época de calma que ningún poder humano puede precipitar hasta que no se extinga por sí propia, practican, en la batalla de la vida en los pueblos libres, el arte de gobernarse a sí mismos y de edificar una nación; porque nuestros mestizos y nuestros jóvenes de ciudad son generalmente de cuerpo delicado, locuaces y corteses, ocultando bajo el guante que pule el verso, la mano que derriba al enemigo, ¿se nos ha de llamar, como The Manufacturer nos llama, un pueblo “afeminado”? Esos jóvenes de ciudad y mestizos de poco cuerpo supieron levantarse en un día contra un gobierno cruel, pagar su pasaje al sitio de la guerra con el producto de su reloj y de sus dijes, vivir de su trabajo mientras retenía sus buques el país de los libres en el interés de los enemigos de la libertad, obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, morir-estos hombres de diez y ocho años, estos herederos de casas poderosas, estos jovenzuelos de color de aceituna-de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubuierta; murieron como esos otros hombres nuestros que saben, de un golpe de machete, echar a volar una cabeza, o de una vuelta de la mano, arrodillar a un toro. Estos cubanos “afeminados” tuvieron una vez valor bastante para llevar al brazo una semana, cara a cara de un gobierno despótico, el luto de Lincoln.
Los cubanos, dice The Manufacturer, tienen “aversión a todo esfuerzo”, “no se saben valer”, “son perezosos”. Estos “perezosos” que “no se saben valer”, llegaron aquí hace veinte años con las manos vacías, salvo pocas excepciones; lucharon contra el clima; dominaron la lengua extranjera; vivieron de su trabajo honrado, algunos en holgura, unos cuantos ricos, rara vez en la miseria: gustaban del lujo, y trabajaban para él: no se les veía con frecuencia en las sendas oscuras de la vida: independientes, y bastándose a sí propios, no temían la competencia en aptitudes ni en actividad: miles se han vuelto, a morir en sus hogares: miles permanecen donde en las durezas de la vida han acabado por triunfar, sin la ayuda del idioma amigo, la comunidad religiosa ni la simpatía de raza. Un puñado de trabajadores cubanos levantó a Cayo Hueso. Los cubanos se han señalado en Panamá por su mérito como artesanos en los oficios más nobles, como empleados, médicos y contratistas. Un cubano, Cisneros, ha contribuido poderosamente al adelanto de los ferrocarriles y la navegación de los ríos de Colombia. Márquez, otro cubano, obtuvo, como muchos de sus compatriotas, el respeto del Perú como comerciante eminente. Por todas partes viven los cubanos, trabajando como campesinos, como ingenieros, como agrimensores, como artesanos, como maestros, como periodistas. En Filadelfia, The Manufacturer tiene ocasión diaria de ver a cien cubanos, algunos de ellos de historia heroica y cuerpo vigoroso, que viven de su trabajo en cómoda abundancia. En New York los cubanos son directores en bancos prominentes, comerciantes prósperos, corredores conocidos, empleados de notorios talentos, médicos con clientela del país, ingenieros de reputación universal, electricistas, periodistas, dueños de establecimientos, artesanos. El poeta del Niágara es un cubano, nuestro Heredia. Un cubano, Menocal, es jefe de los ingenieros del canal de Nicaragua. En Filadelfia mismo, como en New York, el primer premio de las Universidades ha sido, más de una vez, de los cubanos. Y las mujeres de estos “perezosos”, “que no se saben valer”, de estos enemigos de “todo esfuerzo”, llegaron aquí recién venidas de una existencia suntuosa, en lo más crudo del invierno: sus maridos estaban en la guerra, arruinados, presos, muertos: la “señora” se puso a trabajar; la dueña de esclavos se convirtió en esclava; se sentó detrás de un mostrador; cantó en las iglesias; ribeteó ojales por cientos; cosió a jornal; rizó plumas de sombrerería; dio su corazón al deber; marchitó su cuerpo en el trabajo: ¡éste es el pueblo “deficiente en moral”!
Estamos incapacitados por la naturaleza y la experiencia para cumplir con las obligaciones de la ciudadanía de un país grande y libre”. Esto no puede decirse en justicia de un pueblo que posee-junto con la energía que construyó el primer ferrocarril en los dominios españoles y estableció contra un gobierno tiránico todos los recursos de la civilización-un conocimiento realmente notable del cuerpo político, una aptitud demostrada para adaptarse a sus formas superiores, y el poder, raro en las tierras del trópico, de robustecer su pensamiento y podar su lenguaje. La pasión por la libertad, el estudio serio de sus mejores enseñanzas; el desenvolvimiento del carácter individual en el destierro y en su propio país, las lecciones de diez años de guerra y de sus consecuencias múltiples, y el ejercicio práctico de los deberes de la ciudadanía en los pueblos libres del mundo, han contribuido, a pesar de todos los antecedentes hostiles, a desarrollar en el cubano una aptitud para el gobierno libre tan natural en él, que lo estableció, aun con exceso de prácticas, en medio de la guerra, luchó con sus mayores en el afán de ver respetadas las leyes de la libertad, y arrebató el sable, sin consideración ni miedo, de las manos de todos los pretendientes militares, por gloriosos que fuesen. Parece que hay en la mente cubana una dichosa facultad de unir el sentido a la pasión, y la moderación a la exuberancia. Desde principios del siglo se han venido consagrando nobles maestros a explicar con su palabra, y practicar en su vida, la abnegación y tolerancia inseparables de la libertad. Los que hace diez años ganaban por mérito singular los primeros puestos en las Universidades europeas, han sido saludados, al aparecer en el Parlamento español, como hombres de sobrio pensamiento y de oratoria poderosa. Los conocimientos políticos del cubano común se comparan sin desventaja con los del ciudadano común de los Estados Unidos. La ausencia absoluta de intolerancia religiosa, el amor del hombre a la propiedad adquirida con el trabajo de sus manos, y la familiaridad en práctica y teoría con las leyes y procedimientos de la libertad, habituarán al cubano para reedificar su patria sobre las ruinas en que la recibirá de sus opresores. No es de esperar, para honra de la especie humana, que la nación que tuvo la libertad por cuna, y recibió durante tres siglos la mejor sangre de hombres libres, emplee el poder amasado de este modo para privar de su libertad a un vecino menos afortunado.
La lucha no ha cesado. Los desterrados no quieren volver. La nueva generación es digna de sus padres. Centenares de hombres han muerto después de la guerra en el misterio de las prisiones. Sólo con la vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad. Y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, en toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas, de obtener libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser más que el abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o la ocasión de una burla para The Manufacturer de Filadelfia.
Soy de usted, señor Director, servidor atento.
José Martí